
Son pocas las historias que sobreviven a sus autores, a las civilizaciones que las vieron nacer e incluso a las lenguas en las que fueron concebidas. Pocas lo han demostrado con tanta fuerza como las atribuidas a Homero. Cerca de tres mil años después de la composición de La Ilíada y La Odisea, Aquiles, Héctor, Ulises, Penélope, Telémaco, Helena, Paris, Circe, Polifemo o las sirenas siguen formando parte de nuestro imaginario. Los encontramos en novelas, poemas, pinturas, óperas, películas, expresiones cotidianas e incluso en palabras cuyo origen homérico apenas recordamos. Decimos que alguien ha vivido una «odisea», que determinada debilidad constituye su «talón de Aquiles» o que una persona experimentada ejerce de «mentor», sin pensar necesariamente en que todas esas expresiones nos conducen, de una forma u otra, hacia el mundo de Troya.
El fenómeno cinematográfico de Christopher Nolan ha vuelto a demostrar la extraordinaria vitalidad de ese legado. Estrenada internacionalmente a mediados de julio de 2026, The Odyssey ha superado ya los 660 millones de dólares de recaudación mundial. Resulta difícil encontrar una prueba más elocuente de la vigencia de un clásico: en una industria obsesionada con descubrir nuevas historias capaces de movilizar a millones de espectadores, uno de los cineastas más influyentes de nuestro tiempo ha encontrado su materia narrativa en un poema compuesto hace aproximadamente veintiocho siglos.
Y quizá no debería sorprendernos. Bajo los monstruos, las tormentas, las hechiceras y los dioses, La Odisea cuenta una historia radicalmente humana: la de un hombre que quiere regresar a casa. Ulises atraviesa mares desconocidos, pierde compañeros, desafía peligros y resiste tentaciones porque desea volver a Ítaca, recuperar su reino y reencontrarse con Penélope y con el hijo que dejó siendo niño. La espectacularidad de la aventura nunca elimina el verdadero centro emocional del relato: el hogar perdido y la voluntad de regresar.
El estreno de Nolan brinda así una ocasión excepcional para emprender el camino inverso, de la pantalla al libro, y descubrir que el universo cinematográfico que hoy vuelve a fascinar al público es apenas una puerta de entrada a una tradición literaria mucho más amplia. En este contexto, Edicions Perelló incorpora a su colección de clásicos nuevas ediciones de La Ilíada y La Odisea y recupera, además, una tercera obra que permite prolongar el viaje desde la Grecia arcaica hasta la Europa moderna: Aventuras de Telémaco, de François Fénelon.
La nueva edición de La Ilíada de Edicions Perelló recupera precisamente ese punto de partida. En sus 386 páginas, el lector descubre que el poema es mucho más que una narración de batallas. Homero ni siquiera cuenta toda la guerra de Troya: concentra su relato en los acontecimientos finales del conflicto y, sobre todo, en la cólera de Aquiles, cuya disputa con Agamenón altera el equilibrio del ejército griego y desencadena una cadena de consecuencias trágicas.
La guerra proporciona el escenario, pero el verdadero asunto del poema son las pasiones humanas. Aquiles desea gloria, pero conoce el precio de alcanzarla. Héctor combate por una ciudad cuya destrucción parece cada vez más inevitable. Patroclo muere y transforma la ira del héroe en dolor. Príamo, rey de Troya, termina entrando en la tienda del hombre que ha matado a su hijo para suplicarle que devuelva el cuerpo de Héctor. En ese momento extraordinario, enemigos irreconciliables dejan de ser por unos instantes griegos y troyanos y se reconocen simplemente como hombres sometidos a la pérdida.
Ahí reside buena parte de la grandeza de La Ilíada. La epopeya fundacional de Occidente no glorifica ingenuamente la guerra: muestra su fascinación y, simultáneamente, su terrible coste. Habla de honor y de violencia, de amistad y de orgullo, de destino y de mortalidad. Por eso Aquiles sigue interesándonos. Bajo la armadura del guerrero invencible existe un hombre que debe escoger entre una existencia larga sin gloria o una vida breve destinada a permanecer en la memoria.
Si La Ilíada narra el mundo de quienes parten hacia la guerra, La Odisea comienza cuando la guerra ha terminado y los supervivientes tienen que regresar.
Troya ha caído. Los aqueos emprenden el camino de vuelta. Sin embargo, para Ulises el regreso a Ítaca se prolongará durante otros diez años. En ese intervalo se encuentra buena parte de la aventura occidental: el cíclope Polifemo, Circe, Calipso, las sirenas, Escila y Caribdis, la bajada al mundo de los muertos, los naufragios y las sucesivas pruebas mediante las cuales el héroe aprende que sobrevivir requiere algo más que fuerza.
Aquiles era el mayor guerrero de los griegos. Ulises representa otra forma de heroísmo. Su verdadera arma es la inteligencia. Frente a Polifemo necesita engañar; ante las sirenas debe prever su propia debilidad; cuando finalmente llega a Ítaca no irrumpe en el palacio exhibiendo su poder, sino que se disfraza, observa, espera y elige cuidadosamente el momento de actuar. Homero desplaza así el centro de la heroicidad desde la fuerza hacia la astucia, la resistencia y la capacidad de adaptación.
Pero La Odisea posee además una dimensión emocional que explica su permanente modernidad. Mientras Ulises intenta regresar, la vida continúa sin él. Penélope envejece esperando. Los pretendientes invaden el palacio. El orden político de Ítaca se deteriora. Y Telémaco, el hijo que apenas conoció a su padre, llega a la edad adulta sin saber si Ulises está vivo ni cómo asumir la responsabilidad que un día puede corresponderle.
Por eso resulta especialmente significativo que Homero no empiece La Odisea con Ulises. Los primeros cantos están dedicados en buena medida a Telémaco. El joven abandona Ítaca para buscar noticias de su padre y ese viaje constituye una iniciación: sale buscando a Ulises, pero comienza también a buscarse a sí mismo. La tradición ha denominado Telemaquia a esta primera parte del poema, y será precisamente ese personaje, aparentemente situado a la sombra del gran héroe, quien muchos siglos después protagonice uno de los libros más influyentes de la Europa moderna.
Una de las grandes virtudes del universo troyano es su capacidad para generar nuevas historias. La caída de Troya no cierra el mito, sino que lo dispersa por el Mediterráneo. Algunos héroes regresan; otros mueren; otros fundan nuevos linajes. Entre todos ellos destaca Eneas, príncipe troyano e hijo de Anquises y de la diosa Afrodita.
Eneas aparece ya en La Ilíada luchando junto a los defensores de Troya. Siglos después, Virgilio lo convertirá en protagonista de La Eneida y dará a su destino una dimensión extraordinaria: el troyano superviviente llegará a convertirse en antepasado mítico del pueblo romano. La tradición posterior a Homero desarrolló la célebre escena en la que Eneas abandona Troya llevando sobre sus hombros a su anciano padre Anquises y acompañado de su hijo Ascanio. Desde la ciudad destruida partirá en busca de una nueva patria y terminará llegando a Italia.
La imagen resulta poderosa porque enlaza tres generaciones: el héroe carga literalmente con el pasado, representado por su padre, mientras conduce hacia el futuro a su hijo. De la derrota de Troya surgirá así, dentro del imaginario romano, el linaje que conducirá finalmente hasta Rómulo y Remo.
Virgilio construyó además La Eneida dialogando deliberadamente con Homero. Su primera mitad recuerda a La Odisea: Eneas navega, se pierde, sufre tormentas y busca un lugar donde establecerse. La segunda se aproxima a La Ilíada: una vez llegado a Italia, debe combatir. La literatura romana se presentaba de este modo como heredera y continuadora de la gran tradición griega.
Es una de las primeras demostraciones de un fenómeno que volverá a producirse muchas veces: los clásicos no permanecen inmóviles. Cada época toma sus personajes y los utiliza para formular sus propias preguntas.
Virgilio lo hizo con Eneas.
Fénelon hará algo semejante con Telémaco.
Otro de los grandes nombres del ciclo troyano es Paris, príncipe de Troya y hermano de Héctor. Su historia antecede a la propia guerra. Según el mito, Zeus le encargó decidir cuál de tres diosas —Hera, Atenea y Afrodita— era la más bella. Cada una intentó seducir su juicio ofreciéndole una recompensa: poder, sabiduría o amor. Paris escogió a Afrodita, que le había prometido a Helena, considerada la mujer más hermosa del mundo. La posterior huida de Paris y Helena hacia Troya desencadenaría la expedición de los reyes aqueos y, con ella, la guerra más célebre de la literatura occidental.
La coincidencia entre el nombre del héroe troyano y el de la capital francesa ha dado lugar a una asociación tan atractiva como falsa. París no se llama así por el príncipe Paris de Troya. El nombre de la ciudad deriva de los Parisii, el pueblo galo que habitaba la región del Sena antes y durante la ocupación romana. La antigua Lutecia fue sustituyendo progresivamente su denominación por la del pueblo que la habitaba hasta convertirse en París. No existe, por tanto, relación etimológica conocida entre la ciudad y el personaje de la mitología griega.
La coincidencia resulta, sin embargo, especialmente sugerente en nuestro recorrido, porque será precisamente Francia la que, muchos siglos más tarde, protagonice una de las reelaboraciones más importantes del mundo homérico.
Y para ello debemos pasar de Troya a Versalles.
Cuando Telémaco entró en la corte de Luis XIV
Entre los tres libros que Edicions Perelló propone ahora a sus lectores, Aventuras de Telémaco es quizá el que reserva el descubrimiento más sorprendente. Hoy su título resulta menos familiar que La Ilíada o La Odisea, pero durante los siglos XVIII y XIX fue una de las obras más difundidas de Europa, traducida a numerosas lenguas, utilizada en la enseñanza y leída como relato de aventuras, tratado moral, reflexión política y obra de formación.
Su nacimiento se encuentra ligado directamente a una de las cortes más poderosas de la historia europea.
A finales del siglo XVII, Francia vivía bajo el largo reinado de Luis XIV, el Rey Sol. Versalles era mucho más que una residencia: constituía una gigantesca representación del poder monárquico. La arquitectura, los jardines, la etiqueta, las ceremonias y las fiestas contribuían a organizar una corte en la que la proximidad física al soberano podía determinar la influencia política y la fortuna de una familia. El propio rey había llevado a extraordinarios niveles la identificación entre monarquía, autoridad y gloria.
En ese contexto, François de Salignac de La Mothe-Fénelon recibió en 1689 un encargo excepcional: convertirse en preceptor de Luis de Francia, duque de Borgoña, nieto de Luis XIV. El muchacho ocupaba un lugar central en la línea sucesoria y llegaría a convertirse en delfín de Francia en 1711. Fénelon no estaba, por tanto, educando simplemente a un joven aristócrata. Estaba formando a un príncipe al que Luis XIV contemplaba como posible sucesor.
De esa responsabilidad pedagógica nació Aventuras de Telémaco.
La elección del personaje era extraordinariamente inteligente. Telémaco también era hijo de un rey. También debía crecer sin disponer todavía de la experiencia necesaria para gobernar. También tenía que aprender a dominar sus pasiones, distinguir buenos y malos consejos y descubrir que poseer autoridad no equivale necesariamente a saber ejercerla.
Fénelon prolongó imaginariamente el universo de Homero y convirtió el viaje del hijo de Ulises en una gran escuela del poder. Acompañado por Mentor —tras cuya apariencia se encuentra Minerva—, Telémaco recorre países y conoce distintos sistemas de gobierno. Contempla soberanos prudentes y tiranos, pueblos prósperos y sociedades arruinadas, guerras evitables, impuestos excesivos, cortes dominadas por el lujo y gobernantes rodeados de aduladores. El viaje mitológico se transforma así, casi sin que el lector lo advierta, en una educación política.
La Bibliothèque nationale de France conserva el manuscrito autógrafo de la obra, redactado aproximadamente entre 1692 y 1694, y lo identifica expresamente como un tratado pedagógico concebido para el nieto de Luis XIV. Fénelon depositó en él sus ideas sobre cómo debía comportarse un verdadero rey.
Un libro para enseñar a gobernar sin dejarse seducir por el poder
Esta dimensión convierte Aventuras de Telémaco en una obra excepcionalmente moderna. Fénelon comprende que la primera educación del gobernante no consiste en enseñarle a mandar, sino en enseñarle a dominarse a sí mismo. El joven Telémaco es valiente y bien intencionado, pero también impetuoso, orgulloso y vulnerable al deseo de reconocimiento. Posee, precisamente, los defectos que pueden resultar especialmente peligrosos cuando quien los padece dispone de poder.
Mentor intenta corregirlos mediante la experiencia. Su enseñanza insiste en la prudencia, la moderación, la capacidad de escuchar, el rechazo de la adulación y la responsabilidad del soberano hacia sus súbditos. Fénelon propone una idea que atraviesa toda la obra: un reino no existe para satisfacer la gloria de su monarca; el monarca existe para procurar el bienestar del reino.
Leída en la corte del Rey Sol, semejante afirmación resultaba difícilmente inocente.
Los malos gobernantes de Aventuras de Telémaco aman el lujo desmedido, emprenden guerras para aumentar su prestigio, soportan mal la contradicción y se rodean de hombres dispuestos a confirmar todos sus deseos. Los buenos soberanos, por el contrario, buscan la paz, protegen la agricultura y el comercio, moderan los impuestos, administran con prudencia los recursos públicos y entienden que la prosperidad de un país depende del bienestar de quienes lo habitan.
Era inevitable que los contemporáneos establecieran paralelismos con el reinado de Luis XIV. Cuando el manuscrito comenzó a circular en copias y fue publicado en 1699, muchos lectores interpretaron inmediatamente el libro como una crítica del absolutismo y del propio Rey Sol. La BNF señala precisamente que la aparición de la obra provocó un escándalo y que sus lectores reconocieron en ella una sátira del poder absoluto de Luis XIV.
Conviene, sin embargo, matizar esa interpretación. Fénelon no era un revolucionario moderno ni pretendía abolir la monarquía. Su horizonte político seguía siendo el de un rey cristiano y virtuoso. Lo verdaderamente innovador era la naturaleza del ideal que proponía: un soberano limitado moralmente por sus obligaciones, desconfiado de la guerra y del lujo, consciente de que el poder no constituye un privilegio personal, sino una responsabilidad.
En una corte construida alrededor de la magnificencia del Rey Sol, la propuesta poseía una fuerza extraordinaria.
De Mentor nació una palabra que seguimos utilizando
Existe además una curiosidad lingüística que demuestra hasta qué punto Aventuras de Telémaco penetró en la cultura europea.
Mentor aparece ya en La Odisea como amigo de Ulises y protector de su casa. Atenea adopta en diferentes momentos su apariencia para aconsejar a Telémaco. Fénelon desarrolló de tal modo esa función de guía y educador que el nombre propio terminó convirtiéndose en un nombre común. Un «mentor» es hoy alguien que acompaña, aconseja y transmite experiencia a otra persona.
Cada vez que hablamos de mentoría profesional, académica o personal estamos conservando, quizá sin saberlo, una huella del viaje de Telémaco.
Es un ejemplo fascinante de la extraordinaria cadena de transmisión que une estas obras. Homero crea un personaje. Más de dos milenios después, Fénelon lo transforma. La popularidad del libro francés modifica finalmente nuestro vocabulario cotidiano.
La nueva edición de Aventuras de Telémaco que recupera Edicions Perelló permite volver a una obra que durante mucho tiempo ocupó un lugar central en la cultura europea y que hoy merece ser redescubierta precisamente por su sorprendente riqueza. Puede leerse como continuación imaginaria de La Odisea, como novela de formación, como aventura mitológica, como tratado sobre el buen gobierno y como testimonio privilegiado de las tensiones políticas e intelectuales de la Francia de Luis XIV.
Y quizá esa multiplicidad sea su mayor atractivo.
Tres héroes y tres maneras de enfrentarse al mundo
Leídas conjuntamente, La Ilíada, La Odisea y Aventuras de Telémaco permiten además construir un itinerario extraordinariamente coherente alrededor de tres generaciones y tres formas distintas de heroísmo.
Aquiles representa la gloria. Es el héroe joven que necesita conquistar un nombre capaz de sobrevivir a su muerte. Su mundo está gobernado por el honor, la guerra y el reconocimiento.
Ulises representa la experiencia. Después de la guerra, el héroe ya no quiere conquistar nada: quiere regresar. La fuerza cede espacio a la inteligencia y la gloria deja paso al deseo de recuperar el hogar.
Telémaco representa el aprendizaje. Todavía no es un héroe terminado. Tiene que descubrir qué clase de hombre quiere ser y, en Fénelon, qué clase de gobernante podría llegar a convertirse.
Aquiles combate. Ulises regresa. Telémaco aprende.
Y al margen de ellos aparece todavía una cuarta figura que prolonga el destino de Troya: Eneas, el hombre que no puede regresar porque su patria ha sido destruida y que debe, por tanto, fundar otra.
Las posibilidades simbólicas son extraordinarias. Aquiles busca ser recordado. Ulises quiere recuperar su casa. Eneas debe encontrar una nueva. Telémaco tiene que aprender a merecer la que heredará.
Cuatro personajes nacidos de un mismo universo y cuatro respuestas distintas ante una de las grandes preguntas de la literatura: qué hacemos cuando el mundo que conocíamos ha cambiado.
El caballo de Troya y el talón de Aquiles: dos sorpresas para el lector
Incluso quienes creen conocer perfectamente la historia troyana suelen descubrir algunas sorpresas al leer directamente a Homero.
La primera es que el famoso caballo de Troya no aparece narrado en La Ilíada. El poema termina antes de la caída de la ciudad. El episodio del caballo pertenece al conjunto más amplio de relatos del ciclo troyano y es evocado posteriormente en La Odisea. Una de las narraciones antiguas que más contribuyeron a fijarlo en nuestra imaginación se encuentra precisamente en La Eneida de Virgilio, donde Eneas cuenta la destrucción de su ciudad.
Algo parecido sucede con el talón de Aquiles. Homero no narra en La Ilíada la muerte del héroe ni cuenta la célebre historia según la cual una flecha de Paris alcanza el único punto vulnerable de su cuerpo. El motivo se desarrolló en la tradición posterior. Sin embargo, su fuerza simbólica ha sido tan grande que «talón de Aquiles» sigue significando hoy la debilidad oculta de alguien o de algo aparentemente poderoso.
Estas pequeñas sorpresas permiten comprender qué significa realmente hablar de un clásico. Una obra clásica no es únicamente un libro. Es un núcleo generador de historias, imágenes, palabras e interpretaciones que otras generaciones amplían durante siglos.
Homero produjo ese efecto de una manera probablemente incomparable.
De Troya a Ítaca, de Ítaca a Roma y de Roma a Versalles
Tal vez sea esa continuidad lo que hace especialmente atractiva la propuesta de lectura que presenta ahora Edicions Perelló.
El recorrido comienza ante las murallas de Troya con La Ilíada, donde Aquiles y Héctor encarnan la gloria y la tragedia de la guerra. Continúa por el Mediterráneo con La Odisea, donde Ulises transforma el regreso al hogar en la aventura por excelencia. Se prolonga hacia Italia con el recuerdo de Eneas y la tradición que culminará en Virgilio. Y, más de dos mil años después, llega hasta los salones y jardines de Versalles, donde Fénelon recupera a Telémaco para formular una pregunta política que conserva toda su fuerza: ¿cómo debe educarse a una persona destinada a ejercer el poder?
Ese viaje revela algo esencial. Los clásicos no son piezas de museo. Cada época regresa a ellos porque encuentra nuevas preguntas que formularles.
Virgilio necesitó a Eneas para proporcionar a Roma un pasado mítico.
Fénelon necesitó a Telémaco para educar a un posible rey de Francia.
Wolfgang Petersen necesitó a Aquiles y Héctor para construir una de las grandes superproducciones cinematográficas de comienzos del siglo XXI.
Christopher Nolan ha vuelto ahora a Ulises para crear uno de los acontecimientos cinematográficos de 2026.
Y los lectores pueden hacer el recorrido inverso: abandonar durante unas horas la pantalla y regresar al lugar donde comenzó todo.
Tres clásicos para descubrir —o redescubrir— ahora
Las nuevas ediciones de Edicions Perelló ofrecen una oportunidad especialmente atractiva para acercarse a este universo como una experiencia de lectura conjunta.
La Ilíada, de Homero, recupera en 386 páginas la gran epopeya de Aquiles y Héctor, de la cólera, la amistad, la gloria y el precio de la guerra. Está disponible en papel y en edición digital.
La Odisea permite reencontrarse con Ulises en el momento en que el extraordinario éxito cinematográfico de Christopher Nolan ha vuelto a convertir su viaje en un fenómeno cultural internacional. Es la ocasión perfecta para descubrir cuánto hay en Homero que ninguna pantalla puede sustituir: la complejidad del relato, el peso del tiempo, la espera de Penélope, la formación de Telémaco y esa idea de Ítaca que ha terminado representando mucho más que una isla.
Y Aventuras de Telémaco ofrece el gran descubrimiento del conjunto: una obra que parte de Homero pero conduce mucho más allá de Homero. En ella, el hijo de Ulises abandona definitivamente la condición de personaje secundario para convertirse en protagonista de una fascinante educación sobre la vida y el poder. Su relación con el duque de Borgoña, con Versalles y con el reinado de Luis XIV añade al placer de la aventura una dimensión histórica y política que convierte su lectura en una experiencia singular.
Así adquieren pleno sentido los tres libros reunidos: la guerra, el regreso y el aprendizaje.
O, si se prefiere, tres maneras de crecer.
Aquiles descubre el precio de la gloria.
Ulises descubre el valor del hogar.
Telémaco descubre la responsabilidad que exige el poder.
Los clásicos nunca se fueron
El éxito de Nolan puede hacer que miles de nuevos lectores se pregunten hoy quién era realmente Ulises. Troya hizo algo parecido hace más de veinte años con Aquiles y Héctor. Esa capacidad del cine para devolver los mitos a la conversación contemporánea constituye una magnífica invitación a leerlos.
Porque las adaptaciones cambian, pero Homero permanece.
Permanecen también las historias que nacieron de él. Eneas escapando de Troya con su padre sobre los hombros. Paris eligiendo a Afrodita y desencadenando involuntariamente una guerra. Penélope tejiendo mientras espera. Telémaco buscando a un padre que apenas recuerda. Fénelon tomando a aquel joven y llevándolo, veinticinco siglos después, hasta el corazón intelectual de la corte de Luis XIV.
Una historia conduce a otra.
De Troya a Ítaca.
De Ítaca a Roma.
De Roma a Versalles.
Y de Versalles, nuevamente, hasta nosotros.
Ese es quizá el verdadero secreto de un clásico: no pertenece únicamente al tiempo en que fue escrito. Cada generación puede volver a abrirlo y encontrar en él algo que parece haber sido escrito para el presente.
Christopher Nolan acaba de recordárnoslo desde la gran pantalla.
Edicions Perelló invita ahora a continuar el viaje en los libros.
Descubre las nuevas ediciones de Edicions Perelló
La gran epopeya de Aquiles, Héctor y la guerra de Troya. Una obra sobre la gloria, la amistad, el destino y el precio humano de la guerra.
Homero — La Odisea
El viaje de Ulises hacia Ítaca, convertido de nuevo en fenómeno cultural por la película de Christopher Nolan. Una aventura sobre la inteligencia, la resistencia, el deseo y el regreso.
François Fénelon — Aventuras de Telémaco
El gran clásico por redescubrir. Fénelon tomó al hijo de Ulises y llevó el legado de Homero hasta la corte de Luis XIV, convirtiendo su viaje en una extraordinaria reflexión sobre la educación, el poder y el arte de gobernar.





